sábado, 26 de mayo de 2012

el niño Alfred, de ceniza



vi al pequeño Alfred en el metro.

al lado de su asiento
otra niña, que jugaba con su padre/
avivaba las sonrisas del vagón
con un juego de palmadas y canciones

Alfred
con la inocencia muerta del niño que conoce una muerte/

se despertó del fuego fugaz de aquella niña
y salió del metro
huérfano de juego, huérfano de magia.

vi al pequeño Alfred en el metro.

y ese día
el niño Alfred no era más que
un fantasma de cenizas.


miércoles, 2 de mayo de 2012

La fe del que juega



Desde lo alto de la ciudad se les podía distinguir. Grupos de burbujas jabonosas e infantiles les seguían en sus pasos, dejando a su rastro hileras de pequeños arco-iris (dibujados en cada una de las pompitas con las que jugaban). No se les podía llamar adultos. No se les podía llamar niños. En todo caso se les podía llamar vivos. Simplemente. Y no es que vivir quiera decir caminar por la ciudad agarrados de la mano mientras un desfile de burbujas te acompaña; es que ellos estaban cerca de la felicidad, y creían fehacientemente estarlo haciendo ese tipo de cosas.

Un día hay quien dijo, desde lo alto de la ciudad, que se habían suicidado juntos arrojándose a un camión. No se sabe si es verdad, lo cierto es que desde ese día no se les ve. Pero aún hay quien escribe en lugares escondidos que “desde lo alto de la ciudad se les puede distinguir”. 


miércoles, 25 de abril de 2012

palabras que me dice el niño Alfred



Idiota. Arregla ya la puerta de tu cuarto, que soy pequeño y no puedo entrar. Estás encerrado y no sales a jugar. Idiota. ¿Por qué no juegas como antes? Me tienes un poco abandonado. Estoy aquí tan solo, en un lugar de tu cabeza… Encima vas y desdibujas la Rayuela, ¿y yo con qué juego ahora? Eres tonto. A veces pienso que te odio. Pero no te preocupes. Me gusta estar aquí, aunque seas un poco tonto. Eres un poco tonto porque te sientes más frágil de lo que eres: dejas que te marquen el camino para que digas lo que te pasa (con las palabras que se esperan de ti) cuando eres tú el único que lo sabe -aunque no lo sepas explicar del todo-; eres tú el que sabe salir y saltar con la vitalidad de un sol nuevo. Sabes jugar mejor que nadie. Yo he estado en otros cuerpos y en otros tiempos y espacios. Y hacía mucho que no encontraba a alguien que supiera jugar tan bien como tú. Pero te estás empezando a comportar como un idiota más, de los que caminan solos sin saber jugarse sus tristezas a otro juego; para alegrarse. Tú sabes hacerlo. Pero te paralizas. Por eso te llamo idiota y tonto. Soy pequeño, pero hace mucho tiempo que lo soy. Quiero decir que sé más cosas que tú. No seas tonto. Yo sé muy bien que eres un poco frágil. Como un jarrón de cristal fino. Yo procuro llenar el jarrón de tu cuerpo de pájaros que encuentren en ti los horizontes que yo siento (o he sentido, hace no demasiado); así, cuando estés en una caída (de las que tenemos hasta los pequeños como yo), te levantes volando; yo te puedo mostrar las pistas, pero no puedo hacer el trabajo por ti; tampoco lo van a hacer unas pastillas, ni unas cervezas, ni nada así… Es el momento de que vengas a jugar conmigo y de que sigas jugando sin miedo a que los demás te juzguen por jugar.
Anda… dibújame una rayuelita más, que me aburro.
Y venga… deja ya de alimentar tu tristeza con espejismos de felicidad y ábreme la puerta. Que sabes jugar. Ábrete la puerta. Que hay luz fuera. 




Luces

 
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